jueves, 29 de noviembre de 2007

Kerouac--Fragmento de “El viajero solitario”

Unas pocas semanas más tarde, fui a ver mi primera corrida de toros, que confieso era una novillada, y no el espectáculo que se suele dar en el invierno, que se supone tan artístico. El interior es una redonda cuenca, con un redondel de tierra al que le pasan un rastrillo expertos y amantes rastrilladores, como el hombre que rastrilla la segunda base en el Yankee Stadium, sólo que éste es el Estadio de Muerde el Polvo. Cuando yo me senté, el toro acababa de salir y la orquesta se sentaba de nuevo. Unos trajes finos y bordados ceñían a unos muchachos situados detrás de una barrera. Se mantenían solemnes, mientras un toro hermoso, negro, y brillante, salió de un rincón que yo no había visto, donde aparentemente mugía en demanda de piedad, con negras narices, grandes ojos blancos y cuernos extendidos, pecho ancho y vientre enjuto, patas finas y poderosas que se hundían en la tierra, sosteniendo un peso de locomotora. Algunos reían, y el toro corría mostrando el juego de sus músculos en su piel perfecta. Salió el matador, invitando al toro, que le embistió; el matador hizo un lance de capa, dejó que los cuernos pasase a un pie o dos de su ingle, dio un quite al toro y se alejó como un noble, quedándose de espaldas al perfecto y mudo toro, que no embestía como en Sangre y arena, y lanzó al torero por el aire. Entonces comenzó el espectáculo. Salió el viejo caballo pirata con un parche en el ojo, montado por el CABALLERO picador que lleva una lanza, para asestar unas cuantas puñaladas en la espaldilla del toro, que responde tratando de voltear al caballo, pero el caballo está acorazado (gracias a Dios); es una escena de locura histórica, excepto cuando, de repente, uno se da cuenta de que el picador ha producido al toro una sangría interminable. La confusión del pobre toro en insensato vértigo la continúa el bravo hombrecito con las piernas torcidas, que lleva dos banderillas adornadas de cintas, y se acerca directamente al toro, y el toro hacía él; pero no hay choque, pues el banderillero ha clavado su banderilla y huido en un periquete. ¿Es que el toro es difícil de evitar? Bastante, pero las banderillas hacen sangrar al toro como el Cristo de Marlowe en el cielo. Sale un viejo matador y prueba al toro con varios lances de capa, luego vienen nuevas banderillas, que brillan en los sangrientos costados del toro que resopla y padece, y todo el mundo se alegra. Y entonces la embestida del toro es vacilante, y por ello el matador serio sale a matar; mientras toca la orquesta, se produce un silencio semejante a una nube que ocultase el sol y se siente el ruido de la botella de un borracho que se estrella a una milla de distancia en la comarca española, verde, aromática y cruel -los niños dejan de comer sus tortas-, el toro permanece al sol, baja la cabeza, jadeante, con los costados realmente azotando sus costillas y los brazuelos aseteados como San Sebastián. El matador joven, cauteloso, lo bastante bravo por derecho propio, se acerca, maldice, y el toro se vuelve y embiste vacilante la capa roja, se embala, chorreando sangre por todas partes, y el torero se limita a hacerlo pasar por un imaginario aro, y gira de puntillas, patituerto. ¡Ah, Dios mío, yo no querría ver su ceñido vientre desgarrado por cuerno alguno! El torero hace ondear la capa nuevamente hacía el toro que permanece en pie como pensando "¿por qué no puedo volver a casa?" y el matador se aproxima y entonces el animal junta las cansadas patas, disponiéndose a correr, pero una de ellas resbala, levantando una nube de polvo. Más el toro baja la cabeza y se queda parado, descansando. El matador saca la espada y llama al toro humilde, de ojos vidriados. El toro alza las orejas, pero no se mueve. El cuerpo del matador se pone rígido como el madero que tiembla bajo la presión de muchos pies: en sus medias se marca un músculo. El toro avanza débilmente
tres pies, y gira en medio del polvo, y el matador arqueando la espalda frente a él, como el hombre que se inclina sobre una estufa caliente para alcanzar algo que hay en otra parte, hunde su espada entre las espaldillas del toro . El matador se aparta a un lado, el toro al otro, con la espada clavada hasta el mango, vacila, comienza a correr, alza la mirada hacía el cielo con humana sorpresa y luego -¡eso hay que verlo!- lanza por la boca diez galones de sangre que salpican en torno suyo, y cae de rodillas, ahogándose con su propia sangre; escupe, dobla el cuello y de repente cae al suelo como una muñeca blanda: Aún no está muerto y un idiota más sale y le hiere con un puñal en el nervio del cuello y el toro hunde la boca en la arena y masca la sangre derramada. ¡Sus ojos! ¡Oh, sus ojos! Unos idiotas ríen porque la espada hizo aquello, cuando no debía. Una pareja de caballos histéricos salen con una cadena para arrastrar al toro, pero a la mitad la cadena se rompe y el toro se desliza en la arena como una mosca muerta, lanzada inconscientemente de una patada. ¡Afuera! El toro desaparece y lo último que se ve son sus ojos blancos y muy abiertos. ¡Otro toro! Primero unos mozos quitan con unas palas la arena manchada de sangre y se la llevan en una carretilla. El rastrillador vuelve con su rastrilla. "Olé!", las muchachas arrojan flores al asesino del animal, que lleva los calzones bordados. Y veo cómo muere todo el mundo, sin que a nadie le importe, y siento lo terrible que es vivir, sólo para morir como un toro dentro de una vociferante arena humana…
¡Jai Alai, México, Jai Alai!