martes, 25 de agosto de 2009

Diario

Si uno recibe el titulo universitario y tras la ceremonia de graduación lo deposita en el carro del supermercado contiguo, junto a la cerveza y la lechuga es señal de que se ha perdido totalmente la fe en el progreso.

Como Mersault de “El extranjero”, todas las justificaciones a futuros crímenes serán debido al clima. ¿Por que uno mataría a un árabe? Por el calor. ¿Por que uno se pone corbata para ir de mala gana a recibir un título? Por que teme que al no reaccionar a los más ínfimos ritos el absurdo lo devoraría todo.

Vuelvo a casa sin ningún otro objetivo que beber la cerveza y ver las luces de los barcos. Hay siquiera algo que tiene sentido; el calor.


No hay discursos, ni porvenir, ni responsabilidad, ni valores que opaquen siquiera un segundo la idea de la muerte. Esa “idea” que es más que la muerte misma, ya que esta no es un hecho, es la que hace poner a uno los diplomas sin delicadezas al lado de las lechugas…



“…Tomaba siempre la peor posibilidad: la apelación era rechazada. “Y bien, tendré que morir.” Antes que otros, es evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida. En el fondo, no ignoraba que morir a los treinta años o a los setenta importa poco, pues, naturalmente, en ambos casos, otros hombres y otras mujeres vivían y así durante miles de años. En suma, nada podía ser más claro. Era siempre yo quien moriría, ahora o dentro de veinte años. En este punto, me molestaba un poco en el razonamiento el salto terrible que sentía dentro de mí pensando en veinte años de vida por venir. Pero lo reprimía imaginando cómo serían mis pensamientos dentro de veinte años, cuando a pesar de todo llegase el momento. Desde que uno debe morir, es evidente que no importa cómo ni cuándo. Por consiguiente (y lo difícil era no perder de vista todo lo que éste “por consiguiente” representaba en el razonar), por consiguiente, debía aceptar el rechazo de la apelación”. (Camus El extranjero)

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