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domingo, 4 de julio de 2010

Notas sobre "La razón Histórica" (La línea de Lotario)





La línea de Lotario





Europa nace con el imperio Carolingio en siglo IX antes de esto solo vemos neblina, tal como un avión que se adentra en turbulencias y cuando sale confundido de ella, aparece en otro territorio que ya no es el que dejo atrás. Si “avanzamos” hacia el pasado, hasta el siglo V, nos depositamos en un nuevo orden que ya no es la civilización occidental sino que es la civilización romana. Ortega y Gasset en su Interpretación de la Historia Universal deja claro este movimiento.

Ludovico Pio hereda el imperio de su padre, Carlomagno y no tarda en recibir presiones de sucesión. Reparte entonces el imperio en tres zonas , el famoso tratado de Verdum ordena el caos , pero lo principal, lo sustancial es que en la división surge un territorio que siempre ha sido la línea fronteriza y que ha generado la mayoría de los conflictos bélicos de la Europa occidental.

En este caso podemos identificar a Lotaringia, al territorio heredado por Lotario de su padre Ludovico Pio , en el mundo romano lo podríamos reconocer como el límite (limes) marcado por el río Rin (desde los países bajos hasta Milán) que se custodiaba por el imperator de la amenaza de los bárbaros germanos.

Este límite se ha transformado de una costilla externa, a una línea eje en la Edad Media. (La metáfora orgánica es de Toynbee). Observemos un mapa del Imperio Romano, este es una civilización abierta al mar mediterráneo, costero, con la invasión musulmana se pierde la costa norte de África y la civilización de Europa se adentra hacia el interior, hacia el Norte , se transforma de un imperio marítimo a uno de caballeros. La línea de Lotario, y que fue también anteriormente el limes romano, que separaba al imperio de los barbaros, se transforma en un eje. Nace la primera idea de Europa, habla la geografía .

El gran historiador belga Henri Pirenne quiso demostrar en su libro “Mahoma y Carlomagno” que el mundo antiguo se extendió dado su casi total invariabilidad institucional y psicológica , hasta la irrupción del Islam en el mar de los romanos, es decir no cayó efectivamente a finales del siglo V . Los musulmanes hacen cambiar el panorama mas sutantivamente que los amenazantes bárbaros. Mientras la invasión germánica revitaliza la semilla de Europa , los musulmanes asaltan el mediterraneo sur , les arrebatan el escenario y así los hacen ser unos nuevos hombres. El mundo antiguo ya no existe en tanto que el escenario se dezplaza y no precisamente porque los latinos sucumban a los bárbaros. En "Mahoma y Carlomagno" Pirenne nos dice :

"El problema esta en comprender como los Arabes, que no eran mas numerosos que los Germanos, no fueron, al igual que estos, absobidos por las poblaciones que conquistaron cuya civilizacion era muy superior [y su demografia tambien]. La única respuesta a esta cuestión es que [...] mientras los Germanos no tenían nada que oponer a la cultura del Imperio, los musulmanes fueron exaltados por una nueva fe. Fue esta -y solamente esta- circunstancia la que impidio su asimilacion".



Lotaringia da el nombre a Lorena y todos sabemos que Lorena en el siglo XIX y XX junto a Alsacia, son las líneas de guerra por excelencia. Es ahí donde Hitler insiste en reclamar soberanía por que las considera territorio pangermánico. Francia y Alemania se enfrentan en esa línea tanto en la guerra Franco- Prusiana como en la Segunda Guerra Mundial . Esta nueva Lotaringia queda en un status quo cultural.

El ejército romano cautelaba ese límite a cargo de un imperator , un general que mandaba (ya que eso es lo que significa este término, manus dare) con su capacidad, improvisación, coraje y libre albedrío, a diferencia del imperium domi del magistrado que no manda sino se adecua a las leyes impersonales, el imperium militae era libre e imprevisible tanto como la guerra lo demandase. El imperator militae tenia el poder , la potestas sobre la vida de sus subordinados cosa que no tenía ninguna institución en la urbe. El concepto militar, ambiguo y secundario del imperium en la República romana, va a dar paso en el futuro al mas significativo depositario de poder de Roma , el imperium romanus. La Línea en cuestión es la línea que determina quien es quien en la primitiva Europa , quien manda o esta dado a mandar, desde los mas remotos siglos de civilización. Desde el imperio romano hasta las avanzadas hitlerianas, desde el Limes romano hasta la Lorena moderna. Hay que indagar como esta evolucion geográfica impacta en el estudio de la Historia.


Es por esto que debemos indagar en una nueva lógica histórica que se agobia en la erudición del dato. Es la famosa razón histórica de Ortega (diferente a la razón teórica y práctica) , que sólo invita mas que inducir o deducir, a narrar , porque la esencia misma de la historicidad es la narración. Con esto se satisface el viejo deseo del historiador de hechos, que no concibe una lógica histórica, que determina dejando a esos hechos vacíos en el caos, sólo observándolos en su miope particularidad. La ciencia joven reclama madurez.

Pensar por ejemplo en la línea de Lotario y extenderla como conflicto geográfico hasta el presente es la que debe tener la pupila del que piensa la Historia , jamás estudiarla en su inmovilidad y mutilación aparente. Por esto es que para la razón histórica no es absolutamente necesario el apilaje de noticias , la manipulación neurótica de documentos, sino mas importante es narrar en movimiento, pensar la Historia como un todo, hacernos presente al “otro” a partir de su diferencia con nosotros. No caer en mecánicas abstractas sino hacerla Vida porque en ella estamos y es en ella adonde siempre iremos a parar. Es por esto que Ortega nos dice :

"El hombre, no tiene naturaleza, lo que tiene es historia; porque historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y cambio. Y por eso no es la razón pura, eleática y naturalista, quien podrá jamás entender al hombre. Por eso, hasta ahora, el hombre ha sido un desconocido... ¡Ha empezado la hora de las ciencias históricas! La razón pura tiene que ser sustituida por la razón narrativa... Y esa razón narrativa es la razón histórica".


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jueves, 11 de septiembre de 2008

Lo terrible de tener alma, de pensarse "quieto"



“El hombre es una entidad infinitamente plástica de la que se puede hacer lo que se quiera. Precisamente porque ella no es de suyo nada, sino mera potencia para ser «como usted quiera». Repase en un minuto el lector todas las cosas que el hombre ha sido, es decir, que ha hecho de sí –desde el «salvaje» paleolítico hasta el joven surrealista de París. Yo no digo que en cualquier instante pueda hacer de sí cualquier cosa. En cada instante se abren ante él posibilidades limitadas –ya veremos por qué límites. Pero si se toma en vez de, un instante todos los instantes, no se ve qué fronteras pueden ponerse a la plasticidad humana. De la hembra paleolítica han salido madame Pompadour y Lucila de Chateaubriand; del indígena brasileño que no puede contar arriba de cinco salieron Newton y Enrique Poincaré. Y estrechando las distancias temporales, recuérdese que en 1873 vive todavía el liberal Stuart Mill, y en 1903 el liberalísimo Herbert Spencer, y que en 1921 ya están ahí mandando Stalin y Mussolini”.

Ortega y Gasset , “Historia Como Sistema”



«Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios, el que es y era y ha de venir, el soberano de todo». Apocalipsis, 1, 8


“Y si mi alfa y mi omega es que todo lo pesado se vuelva ligero, todo cuerpo, bailarín, todo espíritu, pájaro: ¡y en verdad esto es mi alfa y mi omega! - Oh, ¿cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial anillo de los anillos, - el anillo del retorno?” . Nietzsche “Así hablaba Zarathustra”




Los primeros Physicos , o sea los griegos, dentro de su intemperie intelectual, comenzaron a pensar la naturaleza ya no como un manifestación exclusivamente mítica sino susceptible a teorizar, a “contemplar”, esto se radicalizó desde Sócrates y Platón, en que no podía fiarse de los sentidos para llegar a la aletheia ,a la de-velación , a la “verdad”. Un fenómeno que se degrada, que cambia, era un real problema para estos personajes, por ende los instrumentos sensoriales hacían las veces de estorbos- “de velo maya”- a las ideas y luego a la esencias, con Aristóteles, se llegaría sólo con la “razón”. ¡Terrible! el logos supera al que “loguea” , al que razona. Por esto Heráclito nos dice: "No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él que todo es uno."

Por ende el sentir, directamente arrancado de los sentidos, a lo último que conduciría sería a conocer la esencia, la verdad, si se quiere a las “almas”. Bajo este sentido el que quiera “alma” , esencia, que razone por que sintiéndola sólo se engañará.

Si no fuese por ese impulso terrible, tiránico o genial, de los griegos clásicos, no estaríamos acá, o por lo menos no de esta forma como sociedad occidental, para bien o para mal.

Pero más que la esencia, mas que el alma lo que realmente somos es historia. Imagínese un ser con alma, inmutable, con una esencia infinita, sin medida ni tiempo “sin corpus”, inconmensurable, inmanente, además fija, una especie de fotografía metafísica. Es extraño que uno desee semejante aberración, se quiere, se desea una estatua, un ser con un comportamiento de piedra, una piedra que no sucede, que no hereda; sino es. Ese quietismo tan preciado es síntoma de no soportar la vida, de no afirmar-se. La Historia, nuestra verdadera esencia, es una esencia pasajera, viajera, estética, no hay naturaleza en el hombre ni esencia inmutable solo hay historia, cambio.

Todo dolor, error, pecado, maldad o bondad se inscribe en ese pasajero que representa, como dice Ortega un Homo dramaticus, porque en el hombre es todo dinamismo, es todo drama, es todo “hacer”. El Hombre es pura pre-ocupación llevada por su eminente calidad de “indigente”, él es el que no- dispone, es todo hacer, arrojado , sólo con su equipaje histórico, hacia el porvenir , plantado en su resbaladizo presente, que parece más una escusa para llevar su pasado y asumir su futuro. Su verdadera “alma”, su anima , por ende su “soplo vital” es su “historicidad”.

Cuando alguien quiera asentarse, relajarse inmutable, es que desea un alma, una quietud a ese drama. Pero lo que menos quiere es algo humano. Reencarnarse es la otra opción, ¿pero que sería de esa idea romántica sin una historia?, una esencia que se deposita de cuerpo en cuerpo “inmemoriada”, por ende inválida, falta de vida, reencarnarse es la idea paradójica suprema, la de la esencia quieta pero inquilina. Si se busca un cielo, entonces búsquese el problema humano supremo , el “tiempo”.

El que quiere alma, quiere una especie de ser intocable, insufrible. Pero se engaña, él quiere cualquier cosa menos quietud, quiere otro mundo, pero vivo, cambiante. No quiere siestas quiere batallas. No puede pensarse sino “histórico”.

Si amamos el sentir, entonces es porque amamos el drama, al homo dramaticus y no lo inmutable, lo que se razona quieto, inhumano, metafísicamente antiguo. El alma funciona como una construcción simbólica que actúa solo para malcriar voluntades, para desear quietud antihumana, en definitiva para ser cualquier estatua que no siente pero que tampoco razona, que no quiere morir pero quiere caerse por que niega afirmarse en la vida, que al fin y al cabo es su única e irremplazable realidad.

lunes, 12 de mayo de 2008

Notas sobre Ortega y Gasset


Cuentan que Kant reconocía que debía leer más de una vez a Rousseau para comprender su profundidad ya que de no ser así sólo se quedaba atrapado en su magistral estilo. Con Ortega me pasa lo mismo, hay que leerlo varias veces para superar la belleza inmensa de su estilo. Pero analizando someramente su libro ¿que es filosofía? ,creo que el pensar se adecua a cada geografía espiritual. Pensar que Ortega dice lo que dice Heidegger más “mediterráneamente”, es un atrevimiento filosófico (y quizás un gran error ) pero sí ambos intentan (casi como la empresa más grande del siglo XX ) superar el idealismo reinante desde los inicios de la Modernidad. El idealismo es propio de un sistema geográfico del pensar sugiere Ortega, les es muy fácil a los alemanes ser idealistas como a los griegos aristotélicos “realistas”.

El hombre primitivo vivió y por pura necesidad vital, “afuera” de si, es decir en las cosas, pensándolas como el cenit del mundo, como supervivencia, tal como viven los animales, es cosa de ver un chimpancé en su jaula, abierto de tal manera al mundo que nunca parece aquietarse (no tiene y le seria fatal, un momento para interiorizarse) , neurótico de estímulos sus sentidos se hipertrofian . Herederos de esa antigüedad (por eso Ortega reconoce en los griegos su espíritu mas arcaico que clásico) los helenos si es que fueron escépticos sólo lo fueron someramente, primero estaban las cosas y desde ellas podríamos pensarnos. El término “yo” (ego) era someramente usado por Platón , casi como una anécdota en su difícil edificio de las ideas. El escepticismo propio de los principiantes filosóficos era quizás atisbado ligeramente pero nunca en profundidad, “la realidad” nunca fue puesta en una duda total, “cataclísmicamente” , por eso una vez superado el maestro por su discípulo, esto es la idea platónica por la substancia del pensamiento "biológico" de Aristóteles, el terreno de la realidad externa de las cosas seguía intacto, el mundo aún seguía afuera, la interioridad era esclava de esa cosmología.

El salto mayor, tanto así que divide en dos la historia filosófica, la emprende Descartes (hombre de pocas lecturas según se dice) , su empresa y su revolución quizás es más decisiva que cien batallas juntas , la modernidad se inscribe en un pensamiento mas que en un continente nuevo o en un campo de batalla. Su revolución fue total y a su vez en su esencia no más compleja que una nueva forma de pensar, un nuevo cosmos. A muy grosso modo, en filosofía se necesita la seguridad, la certidumbre, los datos mas fieles del universo, por ende la realidad tal como la conocemos es cuestionable, no por ser comunal ni constante es eficientemente certera, por ende Descartes la pone en duda , parte de cero, no la niega pero tampoco la corrobora, o sea instaura la duda como Método para llegar a la certeza. Ya las “cosas” que en los griegos parecían la base del andamio del universo (el fuego de Heráclito, el agua de Tales , la Historia de Heródoto, etc) eran cosas totalmente sujetas a duda, Descartes desprecia la historia y la encuentra engañadora. Todo en cuanto vivimos, la realidad, ahora es puesta en duda, pero entonces ¿que es lo que queda a salvo del escéptico francés?, algo realmente genial, el giro cartesiano sólo nace de la duda y esta se hace absoluta “interioridad”, se “cogicita”. Si todo en cuanto hay es dudoso , alguien tiene que dudar , de eso no hay duda, alguien o algo duda, cogito ergo sum, pienso, luego (por ende) existo , nada en el universo hay más seguro que el cogito (el tema de Dios como "agregado cultural" da para otro ensayo). ¿Genial no? Sí pero Ortega no sólo se queda en aplausos, porque lo que hay que superar es esa misma genialidad de Descartes, el idealismo que se pone en marcha y que llega a su más alto cenit en Kant. Entonces que hacemos en pura interioridad, en que todo es producto de ella y que nada afuera es mas seguro que ella. Quedarnos en un rincón del universo, pensando ¿Pero qué universo? si esta todo supeditado al cogito. Esa es la mácula de la modernidad. Ortega, hombre vital , mediterráneo , no soporta al igual que nosotros ese solipsismo. ¿Que hacer? . No hay nada que hacer , la verdad dice Ortega esta tan cerca de nosotros que nos hace avergonzar. No podemos asegurar con los griegos que el universo, lo “externo”, es indubitable, “no hay noticia” dice el pedagogo filosófico, claro esta, pero tampoco podemos como humanos vivir encerrados en férreos compartimentos “cogitarios” . Cual es la apuesta , ¡VIVAMOS!. Claro, Ortega nos ilumina con su estilo (Heidegger haría mas sistemática , mas “lenguajeada”, mas alemán, la paradoja existencial) . Ya que no somos las mónadas leibnizianas claustrofóbicas necesitamos de la oxigenación vital del universo, no como substancia en sí pero tampoco como producto exclusivo del “cogitar”. El error se percibe en la misma máxima de Descartes (que denota sus resabios de escolastismo, quizás de “afrancesamiento”) . Si la sentencia reza: pienso luego existo es por que Descartes no se ha desintoxicado de la antigua tradición, Ortega sugiere que la sentencia sólo debiese ser “el pensamiento existe”, cogitatio est”, el segundo vagón de la proposición delata el espíritu de su descubridor, de las migajas escolásticas del filósofo. Si ha descubierto el gran pensamiento moderno idealista en su máxima, vuelve a lo antiguo en el “luego existo”. Si la primera instancia nos volvía total interioridad, escepticismo universal sólo depositado en la confianza del cogito, en el “luego existo” volvemos a la cosa misma, aristotélica, substancial, “extensa”, negamos la substancia en pos de un cogito, pero ya cuando hemos sido radicalmente escépticos, nos depositamos ingenuos, antiguos, en la cosa nuevamente.

Ortega ha notado la incapacidad racional de la interioridad, aunque incapacidad espiritual más que intelectual. Ahora queda superarla, ese es “el tema de nuestro tiempo” (o al menos el tema de su tiempo, ¿Cuál será el tema de nuestro tiempo?). Ortega nos dice que hay algo mayor, más grande y poderoso que la interioridad y la cosa en sí del universo, es su comunión, o sea la vida. Todo lo anterior se subordina a la vida, el pensar, el equivocarse, el filosofar, el comer, el amar, etc. El intelecto como algo artificial, flota liviano sobre las capas mas vitales, las necesidades vitales, la sed de líquido es mil veces más imprescindible que la sed de justicia, lo intelectual es un papelito abrochado con un alfiler a la chaqueta de lo vital. El hombre entonces se fija a su vida, no hay mas allá de ella, no hay una claustrofóbica interioridad pero tampoco una cosa externa en si, la vida dialoga entre ambas, el universo necesita de mi vida para hacerse latente tanto como esta necesita del universo para manifestarse. Ahora mi vida no flota apática por el universo, se inscribe en una circunstancia, el aquí y el ahora, obligada a elegir y a elegirse, arrojada sin preguntas previas en un tiempo, igual como si un actor dormido se lo depositara en un escenario y se le despertara con un público absorto mirándolo. Desde ese arrojo se debe construir, se debe elegir. No queda idealismo que se resista a la riqueza total de la vida, de “mi vida”, que lo ama todo, que lo odia todo, que sufre y se alegra, que sueña, decae y toma cerveza. Ortega no ha traído de ningún país extraño su nueva gramática filosófica, sólo nos ha mostrado lo evidente , lo que nos es propio , lo único que nadie puede hacer por nosotros, nuestra vida, potencia mayor, posibilidad imposible de idealizar, el riesgo puro de un nuevo espíritu, de una nueva forma de pensar , es decir de una nueva forma de vivir.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Ortega y Gasset : "Kant -Hegel - Scheler" (extracto)

René Magritte:Las vacaciones de Hegel, 1958.


Hay, según Hegel, tres configuraciones topográficas, tres principios geomorfos que condicionan tres tipos de vida natural, a las cuales corresponden tres estadios o formas del Espíritu, es decir, del Estado. Uno es la meseta, la enorme altiplanicie. Su tipo vital es el nomadismo. La existencia en este país seco es pobre, pero además no está limitada por ninguna contención espacial. Vivir es vagabundear. Hoy se está en un lugar, mañana en otro. No hay fuerza ninguna que obligue a la convivencia. El hombre siente ímpetus de empresas, pero discontinuos e informes, imprecisos. Lo único que se le puede ocurrir es echar para adelante, sin rumbo, sin meta, sin designio preformado. No es posible en estas condiciones el nacimiento de la ley, del Estado, que implica convivencia estabilizada. Hay sólo la momentánea organización de guerra bajo un caudillo genial que reúne las hordas normalmente dispersas y cae con ellas sobre las tierras fértiles.
La meseta, el nomadismo, es, pues, la pura inquietud, el puro ir y venir. Ahora bien, el Espíritu es, frente a la Naturaleza, la inquietud misma, porque es exclusivamente actuación. Un espíritu quieto es una contradicción en el adjetivo. La piedra puede estar quieta, pero el Espíritu no. Por eso cuando Descartes hace consistir el alma en exclusiva espiritualidad y dice que su ser consiste tan sólo en pensar, los contemporáneos objetaban: y cuando el alma no piensa, por ejemplo, cuando el hombre duerme, ¿es que el alma se muere, se aniquila? Y, sin embargo, la inquietud del nómada no es aún, para Hegel, el «espíritu de la inquietud», esto es, la inquietud verdaderamente espiritual. La meseta es la guerra por la guerra, la guerra sin concreta finalidad, como mera explosión de activismo en pueblos durante centurias pacíficos. El nómada, que es pastor, súbitamente se transforma en el más crudo guerrero. Esta guerra es ciertamente empresa, intento de algo más allá de lo cotidiano, por tanto, Espíritu. Pero es empresa inconcreta, diríamos, el temple de una empresa sin su contenido. No es creación de un orden. En la meseta, pues, tenemos el germen de lo espiritual, su aparición embrionaria, nada más.

La meseta termina en laderas donde los ríos han evacuado valles. A veces estas laderas confinan inmediatamente con el mar: Perú, Chile, Ceilán. No forman, por tanto, un ámbito suficiente para constituir un nuevo tipo de vida. En cambio, los largos valles -Mesopotamia, Egipto, China- representan un nuevo principio geohistórico. El valle es una unidad conclusa, cerrada en sí, independiente, no como la meseta, que es la independencia inconcreta de lo que no tiene límites y no es nada determinado. La altiplanicie no tiene estructura porque es siempre igual a sí misma. El valle tiene una organización diferenciada: el río y sus dos riberas que cierran las alturas. Es, además, la tierra más fértil. La agricultura surge en él, y con ella la propiedad, las diferencias de clase, en suma, las normas jurídicas. La agricultura no es una actividad momentánea, explosiva y de azar como el puro belicismo del nómada. Tiene que regirse según el ciclo de las estaciones y es, en sí misma, previsión, régimen general y no caprichoso. Por otro lado, el valle obliga a la convivencia, que es, a su vez, imposible, sin modos generales de conducta, es decir, sin un Estado, sin el imperio de las leyes. He aquí cómo todos estos caracteres telúricos del valle preforman un tipo de vida que no es ya la vida meramente natural, sino una vida conforme a normas, en la cual viene aquélla a encajarse. Esa sobrevida normativa es precisamente el Espíritu.

Pero el valle fija el hombre al terruño: lo limita, lo hace dependiente de un sistema poco variado de condiciones. De aquí que estas civilizaciones fluviales hayan girado eternamente sobre sí mismas, recluidas en un repertorio de temas, de modos, de intentos, de normas. Son culturas «hieráticas», es decir, rígidas: la egipcia, la china.
El gran principio liberador es la costa donde combate la intensa dualidad de tierra y mar. «El mar da lugar siempre a un peculiar tipo de vida. El indeterminado elemento nos da una imagen de lo ilimitado e infinito, y al sentirse el hombre en él se anima al más allá sobre toda limitación. El mar suscita el valor: incita al hombre a la conquista y la rapiña pero también a la ganancia y la industria. El trabajo industrioso se refiere a aquella clase de fines que se llaman necesidades. El esfuerzo para satisfacer estas necesidades trae consigo, empero, que el hombre quede enterrado en ese oficio. Mas, cuando la industria pasa por el mar, la relación se transforma. Los que navegan pretenden ciertamente ganar, lucrarse, satisfacer sus necesidades; pero el medio para ello incluye en este caso lo contrario del propósito con que se eligió, a saber: el peligro». La vida marítima es un constante riesgo de perderse a sí misma. Es libre ante sí misma e implica serenidad y astucia incesantes. Por todo ello tiene un claro sentido de creación y fue dondequiera el mar el gran educador para la libertad. El mar es un perpetuo «más allá de la limitación de la tierra». Es el verdadero «espíritu de la inquietud», que de su movimiento elemental pasa a las almas de sus moradores y hace del existir una permanente creación.

El principio supremo constitutivo del espíritu fue expresado un día por alguien con monumental ingenuidad: «Es necesario navegar, pero no es necesario vivir».